Noche de aniversario: después de correr la cortina
【Ficción adulta. Todos los personajes son adultos.】
La cortina se detiene antes de apagar la lámpara, y el té del aniversario sigue siendo solo té.
Ella tiene treinta y siete años. Él tiene treinta y nueve años. Llevan doce años casados. Esta noche el piso no tiene a nadie más. Ella deja una rendija a propósito. Me da miedo una habitación sin luz, dice. Deja la lámpara encendida.
Las dos tazas quedan frente a frente. Esta noche no uses una bebida como excusa, dice. Yo no he bebido. Tú tampoco.
Yo no he bebido, dice él. Estoy sobrio.
Después de doce años, algunas noches se saltan las preguntas. Hoy no, dice ella. Quiero que te quedes, bajo esta lámpara. No porque el calendario tenga impreso un aniversario. Un calendario no puede asentir por mí. Si no quieres esto, tomamos el té y lavamos las tazas. No hay castigo. Si uno dice basta, paramos juntos. ¿Estás seguro?
Quiero quedarme, dice él. No porque hoy sea el aniversario. Porque quiero. Estoy dispuesto. Tú puedes decir que no. Cuando quieras parar, paramos juntos.
Ella asiente y le toma la mano bajo la lámpara. ¿Puedo? Sí. ¿Y aquí? Sí. Si digo que esperamos a mañana, ¿paras? Paro. Solo entonces apoya la frente en el hombro.
No apagan la lámpara. En la rendija, la farola parece un río fino. ¿Puedo besarte? Sí. ¿Tu mano puede estar en mi cintura? Sí. Un poco después ella dice basta. Él para enseguida. Ella no se molesta. Un basta limpio es lo que me deja confiar en el siguiente sí, dice.
Lo que sigue se queda en la habitación. La lámpara sigue en la misma luz. La punta de las orejas se le pone roja, y las frases siguen claras. Al terminar se echa el pelo detrás de la oreja y vuelve a parecer la mujer que fríe huevos la mañana del aniversario. Si el año que viene queremos esto, dice, volvemos a preguntar. El sí de este año no se renueva solo.
De acuerdo, dice él.
Por la mañana el té sigue allí. Ella corre la cortina hasta la mitad y pregunta si a él le da miedo convertir la noche anterior en una costumbre. Él dice que sí. Bien, dice ella. Tener miedo no es lo mismo que decir basta. Si necesitas parar, puedes decirlo ahora.
Hoy no, dice él. El año que viene seguimos preguntando.
Ella se ríe una vez. La alianza sigue en su mano. No se la quita. Esta es nuestra casa, dice. Tú tienes treinta y nueve años. Yo tengo treinta y siete. La lámpara solo cuenta después de que los dos hayamos asentido. Nadie más corre esta cortina por nosotros.
Esa semana van al trabajo como siempre. Nadie en una mesa menciona la cortina. Él tiene treinta y nueve años. Un sí no necesita público. El miércoles lava la taza de porcelana y luego la devuelve a su sitio, para que parezca ordinaria. Corre la cortina solo hasta la mitad. A ella le da miedo la oscuridad completa, y está acostumbrada a la rendija.
El jueves ella deja la lámpara del lado del sofá donde se sentó, y pregunta las mismas tres cosas. ¿Sigues dispuesto? ¿Mi mano puede? Cuando uno dice basta, ¿paramos los dos?
Él dice que sí a cada una.
Siguen dejando el sonido dentro del piso. Él dice basta primero, porque quiere saber que la palabra funciona en su propia casa. Ella para con él y sirve dos tazas de agua tibia. Cuando el agua se acaba, él dice que sigue dispuesto. Entonces volvemos a preguntar, dice ella. Solo después de las preguntas se acerca.
Esta vez es más lento. Ella se sienta en el brazo del sofá, la punta del pie en la alfombra, como si comprobara que el suelo sigue siendo de los dos. ¿El cuello de la ropa así está bien? Sí. Si un vecino llama, ¿paramos? Paramos, y abrimos la puerta con cara de gente que vive aquí. Ella asiente. Nadie llama. Dejan la posibilidad de parar junto a la puerta, sin usarla.
Por la mañana ella fríe huevos. Echa menos sal que de costumbre. Menos sal no es una insinuación, dice. El tarro está un poco vacío. Él se ríe. Ella le pone la mano en el borde de la mesa y no aprieta. Si esta noche solo hay cena, ¿te vas a decepcionar? No. La cena también es un sitio donde un sí puede parar.
Ella asiente. La lámpara puede apagarse. La rendija de la cortina puede esperar a la próxima vez antes de decidir si se cierra.
Un pétalo de las flores del aniversario ha caído sobre la mesa. Ella no lo guarda en un libro. Lo barre en la palma y lo deja irse con el polvo. Algunas cosas pueden quedarse en el sofá. Otras no deben coleccionarse. Él tiene treinta y nueve años. Ella tiene treinta y siete años. Doce años son un camino ya andado, no una llave que todavía haya que devolver. Si la lámpara vuelve a encenderse, se enciende solo después de que los dos hayan vuelto a asentir.
El viernes la cena es fideos. Ella sopla la sopa y pregunta si las tres frases de ayer siguen contando. Cuentan. Entonces vuelve a preguntarme, dice. Un día puede cambiar un sí. ¿Sigues queriendo que me quede? Quiero. Puedes decir que no. Decir que no no trae castigo. Lavamos y cada uno lee su libro. No quiero solo lavar los platos, dice él. Quiero que te quedes. Si tú quieres solo lavar, eso es lo que hacemos.
Ella le toma otra vez la mano bajo la lámpara. ¿Puedo? Sí. ¿Y aquí? Sí. Si suena el timbre, ¿paras? Paro. Asiente, y solo entonces apoya la frente contra la de él. La cortina sigue con su rendija. Fuera, alguien recoge un puesto. El metal suena dos veces. No salen a mirar.
El resto se queda entre ellos. El filamento de la lámpara hace un sonido pequeño. Cuando la respiración de ella se calma, la habitación guarda eso y nada más. Él no pregunta si está cansada. Ella no vuelve a mencionar el aniversario. Cuando llega el momento, ella dice basta primero. Él para con ella. Se arregla el cuello de la ropa y se mira en el espejo, no para él, sino para ver si todavía parece la mujer que devuelve el tarro de sal a su sitio.
Por la noche llueve un poco. La farola de la rendija se parte en pedazos. Él lava el hervidor y pone las dos tazas juntas, luego separa una medio dedo, para que no parezcan una promesa que nadie ha pedido. Ella lo ve. Medio dedo está bien, dice. Demasiado cerca parecería que nos saltamos las preguntas.
El domingo la lámpara vuelve a estar encendida. Ella cuelga el abrigo en la silla antes de acercarse. Tengo treinta y siete años, dice. Tú tienes treinta y nueve. Doce años casados, y estoy sobria. Esta noche podemos sentarnos solo hasta aquí. ¿Quieres que me acerque? Sí. ¿Quieres que me quede? Sí. Si uno dice basta, ¿paramos? Sí.
Solo entonces se sienta. El muelle del sofá hace un sonido pequeño. Dejan que la respiración se ocupe del resto del lenguaje. La lámpara sigue encendida. La rendija sigue en la cortina. Los doce años no sirven para saltarse ni una frase.
El té se ha enfriado. Ella no lo rellena. El té frío prueba que el tiempo ha pasado. No prueba que alguien deba nada. Dejan las tazas en la mesa. Si otra noche quiere cercanía, vuelven a hacer las tres preguntas. Hasta entonces, la rendija de la cortina puede quedarse. Ella tiene treinta y siete años. Él tiene treinta y nueve años. El sí de esta casa no se escribe solo.
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