Última noche del viaje de equipo: la llave entra en mi bolsillo

【Ficción adulta. Todos los personajes son adultos.】

La tarjeta sigue fría en el bolsillo cuando el viento del mar llega al pasillo del octavo piso, y ella ya ha dicho que él puede devolverla.

Ella tiene treinta y dos años. Él tiene veintinueve años. Trabajan en la misma empresa, en el mismo nivel, y ninguno le reporta al otro. Es la última noche del viaje de equipo. En la cena toman una copa cada uno, y después los vasos solo tienen agua. Cuando los demás se van a cantar, ella camina a su lado y no le toma el brazo. En ese piso desliza la tarjeta en el bolsillo de él y retira la mano enseguida.

Puedes devolverla ahora, dice. O puedes subir. Subir no es una orden.

Él se detiene fuera del ascensor. Las lámparas del pasillo se encienden por tramos. Déjame oír el resto primero, dice.

Se quedan junto al extintor. Ninguno se apoya. Si esta noche pasa algo, dice ella, no será por esa copa, y no será porque la tarjeta ya esté en tu bolsillo. Estoy sobria. Me lo he preguntado. Quiero que subas. Espero que tú también quieras. Si no, devuélveme la tarjeta. Mañana, en el autobús, solo nos saludamos con la cabeza. No hay castigo. Si uno dice basta, paramos. ¿Estás seguro?

Estoy sobrio, dice él. Esa copa fue hace horas. Quiero subir. No porque estemos lejos de la oficina. No porque ya haya algo en el bolsillo. Quiero quedarme. Si tú dices basta, o si yo digo basta, paramos. Parar no toca el horario del lunes. Estoy dispuesto.

De acuerdo, dice ella. En la puerta vuelvo a oír la misma respuesta. El horario es el horario. La noche es la noche.

No se va enseguida. Se quita la placa del cuello y la guarda en el bolso. Estos dos días no metas una placa en la habitación, dice. Una placa en la habitación lo haría parecer una reunión. La moqueta del octavo piso se traga los pasos.

Ella se detiene antes de abrir. Una línea de luz de la mesilla ya se cuela por la rendija. ¿Quieres entrar? ¿Quieres que me quede esta noche? Cualquiera de los dos puede decir basta. Si uno lo dice, paramos. La frase siguiente no servirá para presionarte, ni para presionarme.

Quiero entrar, dice él. Quiero que te quedes. Si tú dices basta, o si yo digo basta, paramos.

Ella asiente, y solo entonces usa la tarjeta. La habitación solo tiene la lámpara de la mesilla. Fuera está el mar. No se ve gente. La luz se rompe sobre el agua. Ella se sienta en el alféizar. ¿Puedo acercarme? Sí. ¿Puedo besarte? Sí. ¿Tu mano puede estar en mi cintura? Sí. Si digo que solo nos sentamos aquí, ¿paras? Paro.

Ella lo mira un largo rato, comprobando que las respuestas pertenecen a la misma persona. Luego dice, bien. Vamos despacio. Esta noche no prometemos el autobús.

Lo que sigue se queda con la lámpara y con el viento que viene del agua. No llevan las voces al pasillo. Cuando llega el momento, ella dice basta primero. Él para con ella. Apoya la frente en el hombro hasta que la respiración se iguala.

No voy a escribir esta noche como el resto de la diversión del viaje, dice. Un resto de diversión suena a una manera de negar la elección. Estoy aquí porque asentí. Tú estás aquí porque asentiste. La lámpara está encendida para que los dos podamos ver esos síes.

Los veo, dice él.

Por la mañana ella sigue allí. La tarjeta está en la mesa, y al lado una línea pequeña: no me acompañes. El lunes somos compañeros de trabajo.

Él lee la línea dos veces y no la fotografía. En la puerta ella se detiene. ¿Te arrepientes?

Quien se arrepiente no deja la tarjeta en la mesa hasta la mañana para que tú mismo la recojas.

Ella se ríe una vez, corto. No te sientes a mi lado en el autobús, dice. No para escondernos. Para dejar la noche dentro de la habitación. Si sigues dispuesto, mándame un punto antes del lunes que viene. Si no lo mandas, daré por hecho que devolviste la tarjeta.

De acuerdo.

En el autobús él se sienta atrás. Ella se sienta junto a una ventana, cerca del frente. En la parada se saludan con la cabeza, como dos personas después de una reunión. El mar ya no está. Él no manda nada. El punto tiene que esperar hasta que las ganas de verla se separen del horario.

Dobla la nota y la guarda en un bolsillo interior. No la fotografía. Tiene veintinueve años. Puede esperar un sí que ella diga primero. El miércoles por la noche borra la frase que casi envía y deja un solo punto. Ella responde con un punto.

El jueves ella nombra un hotel que no es el del mar, en otro piso. En la puerta volveré a preguntar. Puedes decir que no. Tengo treinta y dos años. Tú tienes veintinueve. Seguimos en el mismo nivel. Ninguno escribe al otro en una evaluación.

Él responde. Sigo dispuesto. Estoy sobrio. Puedes pedirme que me vaya en la puerta.

En la puerta, la lámpara de dentro ya está encendida. Ella repite las tres preguntas. ¿Quieres entrar? ¿Quieres que me quede? Si uno dice basta, ¿paramos?

Él dice que sí a cada una.

Solo entonces ella abre. Lámpara de mesilla. Alféizar. Esta vez la ventana muestra una calle quieta, no el mar. Deja la placa en el bolso y no la saca. Tengo treinta y dos años, dice. Tú tienes veintinueve. Somos adultos, y todavía ninguno se arrepiente. Si llega el arrepentimiento, di basta.

Ahora no me arrepiento, dice él. Cuando sea el momento de parar, lo diré.

La segunda noche es más quieta que la primera. Las preguntas ya se hicieron. Lo que queda es la respiración, y el hecho de que nadie apaga la lámpara. Al terminar, ella se arregla el cuello de la ropa y usa el nombre de él, no el apellido apresurado de la placa. ¿Quieres sentarte frente a mí en la reunión de la semana que viene? Sí. Sentarse frente a frente es trabajo. El trabajo no se cambia por esta noche.

Bien, dice ella. La reunión habla del horario. Cuando el horario termina, cada uno vuelve a su mesa.

Cerca del amanecer él baja primero. Ella no lo acompaña hasta la calle. La calle convertiría a dos personas en un trayecto que habría que explicar. Él mira atrás una vez. La lámpara de la ventana ya está apagada. En el bolsillo no hay tarjeta ni placa.

El lunes ella se sienta enfrente. El proyector está encendido. Terminan lo que había que terminar. Cuando la sala se vacía, ella pasa junto a la silla de él y el nudillo roza el borde de la mesa, tan leve que podía parecer casual. Él no la sigue. La lámpara de la sala de reuniones sigue encendida. No tiene que ver con ellos. Si llega otro punto, lo responderán entonces. Hasta entonces la tarjeta no tiene que enseñarse a nadie.

Esa tarde ella manda una palabra: aquí. Él responde: aquí. Antes de enviarla vuelve a leer los tres sentidos. Dispuesto. Quedarse. Si uno dice basta, paramos. Los tres siguen en pie. Ella tiene treinta y dos años. Él tiene veintinueve años. El mismo nivel sigue siendo el mismo nivel. La lámpara de la sala ya está apagada. Dejan el próximo sí para la próxima puerta.

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