La streamer Lin Wanwan: el móvil boca abajo al terminar el directo

【Ficción. Todos los personajes son adultos.】

Lin Wanwan tiene veintinueve años. Su pareja, Zhou Yu, tiene treinta y un años. Comparten piso desde hace tres años. En esa casa nadie le paga a nadie y nadie es empleado de nadie.

Cuando termina el directo, deja el teléfono boca abajo sobre la mesa. Los comentarios se llenan enseguida. Alguien dice que las dos horas en blanco tienen que ser una historia. Alguien ordena la noche como si fuera un expediente. Otra persona escribe una trama de hotel y la cuenta como si hubiera estado en la habitación.

Esa noche la oficina publica una sola línea: tiempo privado, no inventen un expediente. Los comentarios no quieren una línea. Quieren chisme.

Zhou Yu pone el hervidor en la cocina. No es empleado de Lin Wanwan y no subió como invitado del directo. Se dedica al diseño de libros. Su jornada acaba antes que la emisión. Oye moverse la silla y pregunta, todavía desde la cocina, si ella sigue queriendo la noche tal como la nombraron ayer.

Ella se detiene en el umbral. Dice que quiere terminar las frases primero. Estoy dispuesta. ¿Y tú?

Él dice que sí.

Ella pregunta si cualquiera de los dos puede parar si a mitad de la noche cambia de idea.

Él dice que sí. Si tú dices basta, yo paro. Si yo digo basta, tú paras. No nos debemos un discurso.

Ella asiente y deja la horquilla sobre el zapatero. En el salón queda una lámpara de pie. Corre ella misma la cortina y deja una rendija de luz. La oscuridad completa la pone tensa. Un poco de luz basta.

Se sientan un largo rato. Nadie convierte esa hora en un número. Ella le cuenta los comentarios y, a mitad del relato, se ríe. Él dice que esa gente no puede ver esta habitación. Ella dice que entonces la habitación se queda sin ser vista.

Pregunta si su mano puede descansar aquí. Él dice que sí. Pregunta si un beso así está bien. Él dice que sí. El beso es leve. Cuando ella se detiene, lo mira y vuelve a preguntar si él sigue dispuesto. Él dice que sí. ¿Y tú? Ella dice que todavía lo quiere. Sigue dispuesta.

La lámpara sigue encendida. Las voces siguen bajas. Lo que viene después no es un relato para los comentarios. El sofá guarda el calor. Fuera, alguien recoge un puesto y el metal suena dos veces. Ninguno de los dos se levanta a mirar.

Al mediodía el hilo sigue subiendo. Una persona jura que la vio entrar en un hotel. Otra confunde la espalda de un desconocido con su abrigo. Ella no responde línea por línea. Debajo de la publicación fijada escribe una frase: después del directo, el teléfono está boca abajo. El resto de la noche es mío.

Zhou Yu la lee y le devuelve el teléfono. Pregunta si esta noche puede organizarse igual. Ella dice que sí. Las mismas tres frases. Tú me preguntas. Yo te pregunto. Cualquiera puede decir basta.

Vuelve a mirar el horario que llenaron desconocidos. La primera línea solo dice que el directo terminó. Todo lo demás es imaginación ajena. Una versión la manda al otro lado de la ciudad. Otra, al río. Una tercera dice que no volvió a casa. Las direcciones se contradicen y aun así usan el mismo tono de certeza. Lin Wanwan cierra la página y le dice a Zhou Yu que le terminaron la noche sin preguntar jamás cuál era su puerta.

Él vacía lo que queda en el hervidor y vuelve a sentarse. Entonces guardamos la noche dentro de las preguntas, dice. ¿Sigues queriéndome en esta silla? Ella dice que sí. Estoy dispuesta. Si solo quieres ducharte y dormir, eso también cuenta. El deseo puede cambiar de idea.

Él dice que se queda en la silla. Si su mano llega al hombro de ella, hará una pausa y esperará un gesto de sí. Ella asiente, y luego dice que un gesto no es un contrato permanente. Si aparta el hombro, la mano vuelve. Él dice que sí. Tiene treinta y un años y sabe oír la palabra basta. Ella tiene veintinueve años y no le debe al público una continuación.

Se quedan otro largo rato. La lámpara de pie junta sus sombras en la cortina. Una sombra no se recorta ni se le pone un pie de foto. Ella se ríe y dice que los comentarios probablemente votan qué abrigo llevaba. Él dice que voten. El abrigo está en el perchero. La persona está en el sofá. Solo pueden acertar una de las dos cosas.

Antes de dormir ella pregunta otra vez si él sigue queriendo esta lámpara después del directo de mañana. Él dice que sí. Seguirá preguntando primero. Ella también puede preguntar primero. Si cualquiera dice basta, la lámpara puede quedarse encendida y cada uno puede irse a su habitación. Basta no es frialdad. Basta es la manera de conservar entero el día siguiente.

Luego ella acorta otra vez la frase fijada. No intenta dar lecciones a los comentarios. Quiere un límite lo bastante corto para poder cuidarlo. Zhou Yu la lee y dice que más corta es mejor. Una versión larga invita a más huecos para que otros los llenen. Ella dice que su propia versión puede seguir siendo larga. Larga en las preguntas, no larga en una trama hecha para un público.

Pone la mano de él junto al interruptor y no lo pulsa. El interruptor está aquí, dice, pero esta noche tú decides si la luz se queda. Él pregunta qué espera ella. Ella dice que espera que se quede. Espera que él también lo diga. Él dice que espera que se quede. Está dispuesto. Mientras la lámpara está encendida, puede oír basta.

Una puerta se cierra abajo y el pasillo queda en silencio. Ella apoya la frente en el hombro de él y dice que, si se da la vuelta de madrugada y solo quiere dormir, no la despierte para terminar un relato. Él dice que no lo hará. Dormir es una forma de parar. Si mañana ella sigue queriendo el teléfono boca abajo, él seguirá en la cocina, esperando las mismas tres frases. Ella tiene veintinueve años y él tiene treinta y un años. Hay otras noches para decir las mismas palabras.

El jueves ella vuelve a emitir. Al terminar hace lo mismo con el teléfono. Los comentarios hacen lo que hacen los comentarios. Dentro siguen solo dos adultos, la lámpara encendida, las palabras dichas primero, y el resto de la noche dejado entre ellos.

Un rumor puede hacer ruido y seguir siendo un rumor. El piso no le debe al hilo un plano, un horario ni una continuación. Si cualquiera quiere parar, paran. Esa regla es más vieja que el hilo, y es la única parte que ella está dispuesta a fijar.

El viernes empieza donde terminó el directo del jueves. Lin Wanwan tiene veintinueve años. Zhou Yu tiene treinta y un años. El teléfono ya está boca abajo en la mesa cuando ella deja las llaves. Él está en la cocina con el hervidor, y no le pregunta a los comentarios qué decidieron. Le pregunta a ella.

¿Sigues queriendo la noche como la nombramos?, dice. Ella dice que quiere terminar las frases primero. Estoy dispuesta. ¿Y tú?

Él dice que sí.

Ella pregunta si cualquiera puede parar si la noche cambia de idea. Él dice que sí. Si tú dices basta, yo paro. Si yo digo basta, tú paras. Seguimos sin debernos un discurso, y no le debemos al hilo un plano.

Cocinan arroz y una sartén de verduras. Ella le cuenta que un comentario adivinó un hotel al oeste de la ciudad. Se ríe una vez y luego lo suelta. Él dice que el arroz está aquí y el hotel no. Ella pregunta si la mano de él puede descansar en la encimera, junto a la de ella, mientras termina la sartén. Él dice que sí. Cuando la sartén termina, ella aparta la mano y dice que eso bastó para la cocina. Él retira la mano. Una parada pequeña sigue contando.

Después de comer ella pregunta si caminar hasta el final de la manzana es algo que él quiere. Él dice que sí. Quiero el paseo. Si quieres dar la vuelta en la esquina, damos la vuelta. Ella se pone un abrigo. El teléfono se queda boca abajo en el piso. Ella dice que le gusta que la calle no pueda refrescar una página y encontrarlos.

En la esquina el viento es ordinario. Ella dice basta. Él para. Se quedan bajo la farola el tiempo justo para ver que ninguno está interpretando un reencuentro. Ella pregunta si él sigue dispuesto a subir. Él dice que sí. ¿Y tú? Ella dice: sigo queriéndolo. Estoy dispuesta. El camino de vuelta es más corto porque ya no le demuestran nada a un rumor.

Arriba, la lámpara de pie está donde la dejaron. Ella pone la mano de él junto al interruptor y no lo pulsa. ¿Sigues queriendo la luz?, pregunta. Él dice que sí. Mientras esté encendida, puedo oírte. Ella asiente. Si más tarde me doy la vuelta y solo quiero dormir, no me despiertes para terminar una trama. Él dice que no lo hará. Dormir es una forma de parar. Ella tiene veintinueve años y él tiene treinta y un años, y el viernes tampoco le debe al hilo una continuación.

Leen un rato en el sofá. La cabeza de ella encuentra el hombro de él. Él pregunta si ese peso está bien. Ella dice que sí. Un poco después dice pausa, y se sienta para beber agua. Él espera. Ella dice que quiere volver a apoyarse. Él dice que sí. Nada de la habitación se reenvía. La frase fijada sigue corta. Su propia noche se queda en las preguntas, que es donde querían guardarla.

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