La tripulante Su Qing: en la escala ella corre la cortina

【Ficción. Todos los personajes son adultos.】

Su Qing tiene treinta y un años y vuela rutas largas. Su novio, Chen Yu, tiene treinta y tres años. Es arquitecto. No trabaja para la aerolínea. En la noche de escala compra su propio billete, aterriza en la ciudad de ella y espera en la habitación que ella reservó.

En el grupo de la tripulación alguien dice que no contestó en toda la noche. El rumor de tierra convierte ese silencio en una pared de cristal y en un accidente. Los comentarios trabajan duro. Hacen de una ventana toda la historia.

Su Qing entra, deja el gorro en la silla y corre la cortina de un extremo al otro. La corre ella misma. Solo entonces se da la vuelta. Chen Yu está junto a su bolsa y todavía no la abraza. Dice que puede esperar a que el turno le baje de los hombros.

Ella dice que quiere preguntar primero. ¿Quieres quedarte? No porque el billete ya esté comprado. Porque tú quieres.

Él dice que sí. Quiero quedarme.

Ella pregunta: si luego digo que estoy demasiado cansada, ¿podemos parar?

Él dice que sí. Si tú paras, yo paro. Si yo también estoy cansado, lo diré. No tienes que atenderme.

Ella guarda la credencial en la bolsa y sirve dos vasos de agua tibia. Deja encendida la lámpara de la mesilla. La ciudad se queda fuera de la cortina, como un abrigo que no es de ninguno de los dos.

Se sientan al borde de la cama, rodilla con rodilla, y hablan primero. Ella cuenta la turbulencia, a un pasajero que dejó los auriculares en el bolsillo del asiento, y lo mucho que quiere una ducha caliente. Él dice: entonces ve. Yo estaré aquí. Ella lo mira y pregunta si eso es solo cortesía. Él dice que no. Tengo treinta y tres años. Sé distinguir la cortesía del deseo.

Cuando ella sale, con el pelo todavía húmedo, pregunta si puede acercarse ahora. Él dice que sí. Ella dice: entonces di otra vez que quieres esto. Él dice: quiero esto. Estoy dispuesto. Ella apoya la frente en el hombro de él y dice que la palabra basta vale en cualquier momento. Él dice que lo sabe.

No le cuentan el resto de la noche al grupo de la tripulación. La cortina sigue corrida. La lámpara sigue encendida. Nadie convierte esa hora en una frase que se pueda reenviar.

Al día siguiente alguien de la aerolínea le escribe y pregunta si quiere un comunicado. Ella pregunta: ¿un comunicado de qué? La otra persona dice, con vaguedad, que fuera están inventando cosas. Ella responde: tengo treinta y un años. Mi novio tiene treinta y tres años. No es tripulación. La noche de escala es nuestra. No necesita un narrador.

El vuelo de Chen Yu sale antes que el de ella. Antes de irse pregunta si debe volver a volar cuando el calendario lo permita. Ella dice que sí. Manda primero un punto. Si yo devuelvo un punto, sigo queriéndote aquí. Si no contesto, no reserves la habitación.

Su Qing silencia el grupo. No está enfadada. No quiere leer su propio nombre mientras se quita el día de la cara. Chen Yu se sienta en la alfombra y se ata un zapato, y luego lo desata. Dice que en realidad no tiene que tomar el vuelo más temprano. Ella lo mira y dice que no hace falta cambiar un billete para demostrar que está dispuesto. El deseo ya se dijo. Si quiere dos horas más, puede decirlo claro.

Él dice que quiere dos horas más. No porque fuera inventen una historia sobre el cristal. Porque quiere terminar el té. Ella dice que sí. En esas dos horas todavía podemos parar. Si me tumbo y me duermo, no traduzcas el sueño en un sí. Él dice que lo sabe. Dormir es dormir. Ella tiene treinta y un años y él tiene treinta y tres años. Ya pasaron la edad de convertir el silencio en una trama.

Ella se apoya en el cabecero y va borrando los mensajes que no contestó. Una amiga pregunta adónde fue después de aterrizar. Ella responde con cuatro palabras y sin nombre de lugar: con mi persona. Chen Yu lo ve y pregunta si eso hará que la gente adivine más. Ella dice que adivinen. No van a adivinar que ella corrió la cortina, ni que le preguntó a él.

Cuando las dos horas casi se acaban, ella pregunta si un abrazo está bien. Él dice que sí. Ella no aparta la frente y pregunta si él todavía puede sonreír y alcanzar el avión si ella dice basta ahora. Él dice que sí. Si paramos, seguimos siendo nosotros. El billete está en mi bolsillo, no en tu calendario.

Ella guarda esa frase. En las escalas siguientes mira primero si quiere enviar el punto, no si los comentarios tienen una versión nueva.

El vuelo todavía no se anuncia. Su Qing guarda el gorro en el maletín. Dice que odia que otras personas le escriban una ruta a su escala. Chen Yu dice que ellos no van a dar una ruta. Van a dar preguntas. ¿Sigues queriéndome en esta silla? Ella dice que sí. Hasta que te llamen. Si el aviso llega pronto, podemos parar en un abrazo.

Él asiente y enrolla el papel de calco que usa para los edificios, y lo mete en el bolsillo lateral. Esas líneas son de casas, dice, no de tu turno. Tengo treinta y tres años y sé distinguir un plano de una persona. Tú tienes treinta y un años. La cortina que corriste es más exacta que cualquier cosa que digan del cristal. Ella se ríe y le pide que deje esa frase con ella, no en un grupo.

Antes de irse ella pregunta otra vez: si tarda en contestar el siguiente punto, que no adivine que cambió de idea. Que vuelva a preguntar. Él dice que sí. Volver a preguntar es parte de estar dispuesto. No preguntar es empujar a alguien a una historia que pertenece a otras personas.

Los comentarios se calientan otra vez más tarde. La historia del cristal crece en varias versiones. Ninguna pregunta si los adultos estaban dispuestos. Las dos personas de la habitación ya habían dicho la respuesta. Ella corrió la cortina. Esa frase no entra en ningún grupo, y es el único hecho de la noche que se sostiene.

La siguiente escala empieza con un punto, no con una habitación. Su Qing tiene treinta y un años. Chen Yu tiene treinta y tres años. Ella manda la señal desde el autobús de la tripulación y no añade un nombre de lugar. Él responde con la misma señal. Solo entonces ella escribe: si todavía quieres la habitación que reservé, dilo. Si no, quédate en tu lado de la ciudad.

Él escribe: quiero la habitación. Estoy dispuesto. ¿Y tú?

Ella escribe: sí. Sube después de que me duche. Si ya estoy dormida cuando toques, no trates el sueño como un sí. Deja la llave en recepción y escríbeme que paraste.

Él escribe: sí. Puedo parar. Tengo treinta y tres años. No voy a convertir una puerta cerrada en una historia.

Ella vuelve a correr la cortina ella misma antes de que él llegue. La ciudad se queda fuera, un abrigo que sigue sin ser de ninguno. Cuando él toca, ella está despierta. Abre la puerta y dice la pregunta en voz alta, porque una señal en el teléfono no es toda la noche. ¿Quieres quedarte? Él dice que sí. No porque el billete ya se usó. Porque quiero.

Ella pregunta si cualquiera puede parar si las dos horas se ponen pesadas. Él dice que sí. Si tú dices basta, yo paro. Si yo digo basta, tú paras. No tienes que atenderme.

Toman el té que él dijo que quería terminar. Ella cuenta a un pasajero que pidió ventanilla y se durmió contra el cristal. Él cuenta una escalera que redibujó tres veces. Ninguna de las dos historias necesita el grupo de la tripulación. Ella pregunta si la mano de él puede quedarse en la mesa, no en ella. Él dice que sí. Luego ella dice que puede pasarla a su muñeca. Él pregunta otra vez. Ella dice que sí. Quiero eso. Cuando la taza está vacía ella dice pausa. Él levanta la mano. Una pausa en medio del té sigue contando.

El aviso de su vuelo llega antes que las dos horas. Ella pregunta si un abrazo está bien antes de que él se vaya. Él dice que sí. Ella apoya la frente en el hombro y luego dice basta. Él para, sonríe y toma la bolsa. El billete está en su bolsillo, no en el calendario de ella. Ella dice: si tardo en contestar el siguiente punto, vuelve a preguntar. No adivines. Él dice que sí. Volver a preguntar es parte de estar dispuesto.

Después de que él se va, ella no escribe un comunicado. Tiene treinta y un años y la escala sigue siendo suya. Él tiene treinta y tres años y el dibujo del bolsillo lateral sigue siendo una casa, no el turno de ella. La cortina se queda como ella la dejó. Los comentarios pueden inventar otro cristal. Los dos adultos ya dijeron lo que querían, y cualquiera de los dos podía parar.

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